Habría que inventar un nuevo género para definir una literatura como la de Luis Sagasti, más cercana a la composición musical que a la narración literaria. Con fragmentos yuxtapuestos de una potencia poética notable, ensambla, como cuentas de un collar o un rosario, aquellas pequeñas historias con las que intentamos comprender el mundo, en una búsqueda que tiene mucho de holística y que los humanos emprendieron desde que tuvieron lenguaje. Las mismas que surgieron al unir las estrellas en constelaciones con las que inventaron los relatos mitológicos que los guiaban, afirma este autor, en su vuelta al hogar.

Una búsqueda que a algunos los llevará a perder la razón en su afán de aprehender la realidad absoluta, esa instancia anterior al lenguaje donde se pierden todas las certezas, tan parecida a la hoja en blanco. Como la que llevan adelante los personajes afiebrados que Herzog, o Coppola, atrapados por la selva y devorados por ella y, en un juego de cajas chinas, sus propios directores, en la filmación demencial de sus películas. O la que llevó al historiador del arte Aby Warburg a coleccionar todo el material existente sobre la Gran Guerra hasta derrapar en la locura, su propia selva, cuya experiencia el autor sintetiza cuando afirma que “todo precipicio tiene en el fondo un imán que atrae al cuerpo”.

Con frases de un preciosismo notable, que tienen la estructura de la música progresiva o de una ola a punto de romper y que crecen por acumulación hasta transformarse en otra, retoma, en una coda, el tema anterior.

Así, siguiendo a Aby Warburg y su teoría de la transmigración de las imágenes a través de los siglos, descubre en el cuadro de Tintoretto, San Jorge y el Dragón que el padre de una adolescente secuestrada en la Noche de los Lápices mira obsesivamente, la misma estructura formal que en la famosa foto de Eduardo Longoni de la represión a las Madres de Plaza de Mayo por la policía montada. O en las letras griegas del monograma de “Cristo Vence” de uno de los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en 1955, el de “Viva Perón”, y en un desplazamiento propio de su estilo, la síntesis de ambos en la obra tantas veces censurada de León Ferrari, La civilización occidental y cristiana, donde vemos a un Cristo crucificado sobre un avión de guerra.

O en el largo poema de T. S. Eliot, “Los hombres huecos”, que él ubica junto a la imagen de la cabeza iluminada de Kurtz emergiendo del agua en Apocalipsis Now, el germen de la adhesión masiva a un fascismo encendido en las cabezas de millones de seguidores, alimentado a base de miedo y odio. Algo a lo que nos estamos acostumbrando a ver en muchas partes del mundo.

En las antípodas, veremos a un viejo profesor de filosofía que había sido alumno de Heidegger contemplar, asombrado, los restos del Ser, a través de los ojos de un niño que juega. Una experiencia que sólo se podrá percibir, nos dice, en la quietud perfecta, en una improvisación inspirada de jazz o frente a algunos recuerdos de infancia, cuando todo estaba por suceder. O frente al boceto de una obra, en el avance sin certidumbres, en la potencia de lo que todavía no es.

“Debería haber un nombre para aquellas melodías que se reconocen de inmediato cuando alguien lleva su ritmo golpeando los dedos contra una mesa.” En la búsqueda de un nombre para esos pequeños destellos de sensibilidad es donde se juega, para este autor, la literatura que verdaderamente importa y la suya propia.

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